La discusión pública sobre tecnología suele concentrarse en una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuántas personas tienen acceso a internet? Durante años, gobiernos, empresas y organismos internacionales orientaron sus esfuerzos a ampliar la cobertura digital, reducir la brecha de acceso y acercar las tecnologías de la información a millones de personas. En buena medida, esa etapa ha producido resultados visibles.
Los datos de la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) 2025 muestran que Sinaloa forma parte de una sociedad cada vez más conectada. Internet se ha incorporado a la vida cotidiana de las personas para comunicarse, acceder a información, consumir contenidos audiovisuales, realizar actividades educativas y participar en redes sociales. En algunos indicadores, incluso, la entidad se ubica entre las más dinámicas del país.
Sin embargo, la pregunta verdaderamente importante para el desarrollo económico de la próxima década ya no es quién tiene acceso a internet, sino quién es capaz de transformar esa conectividad en productividad.
La diferencia parece semántica, pero en realidad representa uno de los mayores desafíos estructurales para la competitividad de Sinaloa.
Los datos revelan una paradoja interesante. Mientras la conectividad continúa expandiéndose y el uso de plataformas digitales se vuelve cada vez más común, los indicadores relacionados con actividades productivas avanzan a un ritmo considerablemente menor. El uso de internet para actividades laborales, ventas en línea, servicios en la nube, operaciones bancarias digitales, interacción con el gobierno y otras herramientas vinculadas con la generación de valor económico sigue siendo relativamente limitado en comparación con los usos asociados al entretenimiento o la comunicación personal.
No se trata de descalificar estos últimos. La comunicación digital constituye hoy una necesidad básica para la vida social y económica. Lo relevante es comprender que la competitividad de una región no se define únicamente por el nivel de acceso a la tecnología, sino por la capacidad de utilizarla para producir más valor con los mismos recursos.
La tecnología, por sí sola, no genera desarrollo.
La historia económica demuestra que las sociedades prosperan cuando son capaces de convertir el conocimiento en decisiones, las decisiones en productividad y la productividad en bienestar. La tecnología facilita ese proceso, pero no lo sustituye. Por ello, resulta indispensable analizar los datos de conectividad junto con otros indicadores que permitan entender qué está ocurriendo realmente dentro de las empresas.
Cuando se revisan los resultados de los Censos Económicos de 2014, 2019 y 2024 aparece una lectura particularmente reveladora. Durante la última década, la productividad laboral de las empresas sinaloenses ha evolucionado de manera desigual. En 2014, todos los tamaños de empresa se encontraban por debajo del promedio nacional. Las diferencias eran negativas tanto para microempresas como para pequeñas, medianas y grandes organizaciones. El rezago era generalizado y reflejaba una estructura económica con importantes desafíos para generar valor agregado.
Diez años después, el panorama muestra matices importantes. Las microempresas y las pequeñas empresas lograron revertir esa condición y hoy registran niveles de productividad por hora trabajada superiores al promedio nacional. Este resultado merece atención porque contradice una creencia ampliamente extendida según la cual las empresas más pequeñas son necesariamente las menos eficientes.
La evidencia parece sugerir algo distinto. Muchas de las micro y pequeñas empresas que lograron sobrevivir a los años recientes se vieron obligadas a transformarse. Tuvieron que operar con estructuras más ligeras, optimizar procesos, controlar costos, incorporar herramientas digitales accesibles y desarrollar una mayor capacidad de adaptación. En numerosos casos, la presión del entorno económico actuó como un mecanismo de selección que favoreció a quienes fueron capaces de innovar, aunque fuera de manera gradual.
Sin embargo, la misma evolución no se observa en todos los segmentos empresariales.
Las medianas empresas continúan mostrando rezagos importantes frente al promedio nacional y, en el caso de las grandes empresas, la diferencia resulta todavía más preocupante. A pesar de operar con mayores recursos, infraestructura y capacidad financiera, sus niveles de productividad permanecen significativamente por debajo de los observados en otras regiones del país.
Este fenómeno obliga a formular preguntas más profundas. Si las empresas más pequeñas han logrado mejorar su desempeño relativo, ¿qué está limitando la capacidad de las organizaciones de mayor tamaño para generar valor agregado? La respuesta probablemente no se encuentra en un solo factor. Más bien parece asociarse a una combinación de elementos que incluyen la limitada incorporación tecnológica, la escasa automatización de procesos, la baja sofisticación industrial, la insuficiente integración de cadenas de valor, las dificultades para innovar y, en algunos casos, modelos de gestión que no han evolucionado al ritmo que exigen los nuevos entornos competitivos.
Es precisamente aquí donde la ENDUTIH y los Censos Económicos comienzan a dialogar entre sí.
La encuesta muestra una sociedad cada vez más conectada. Los indicadores de productividad muestran una economía que todavía enfrenta dificultades para convertir esa conectividad en generación de valor. La distancia entre ambos fenómenos constituye una de las explicaciones posibles de por qué algunas regiones avanzan más rápido que otras en términos de competitividad.
La discusión adquiere una dimensión aún mayor ante la irrupción de la inteligencia artificial. Durante los últimos años, el acceso a internet dejó de ser un factor diferenciador. Hoy la verdadera ventaja competitiva se está desplazando hacia la capacidad de utilizar herramientas capaces de automatizar tareas, procesar información, optimizar operaciones y mejorar la toma de decisiones.
Las empresas que logren incorporar estas capacidades tendrán mayores posibilidades de incrementar su productividad sin necesidad de aumentar proporcionalmente sus recursos. Las que no lo hagan enfrentarán dificultades crecientes para sostener sus niveles de competitividad en mercados cada vez más exigentes.
Por ello, el reto de Sinaloa no puede reducirse a ampliar la infraestructura tecnológica o incrementar el número de usuarios conectados. La tarea de fondo consiste en desarrollar capacidades organizacionales. Implica fortalecer el talento humano, profesionalizar la gestión empresarial, acelerar la adopción tecnológica, fomentar la innovación y construir condiciones institucionales que favorezcan la transformación productiva.
La productividad tampoco puede analizarse aislada del contexto en que operan las empresas. La informalidad continúa distorsionando mercados y reduciendo incentivos para la inversión. La complejidad regulatoria consume tiempo y recursos que podrían destinarse a innovar. Las dificultades para acceder a financiamiento limitan la capacidad de modernización de numerosos negocios. La incertidumbre económica retrasa decisiones estratégicas de largo plazo. Todos estos factores terminan influyendo en la capacidad de las organizaciones para generar valor.
Por ello, la competitividad no es únicamente un asunto empresarial. También es un desafío de gobernanza. Requiere coordinación entre universidades, centros de investigación, organismos empresariales, gobiernos y empresas. Requiere construir ecosistemas capaces de facilitar la innovación, acelerar la transferencia de conocimiento y fortalecer las capacidades productivas de las organizaciones.
Sinaloa ha demostrado que puede avanzar en conectividad. Los datos así lo confirman. Sin embargo, la siguiente etapa del desarrollo económico exige una visión más ambiciosa. La prosperidad futura no dependerá únicamente de cuántas personas tengan acceso a internet, sino de cuántas organizaciones sean capaces de utilizar ese acceso para producir más valor, innovar más rápido y competir en mejores condiciones.
La verdadera brecha que enfrenta Sinaloa ya no es tecnológica. Es productiva.
Y la diferencia entre una región que consume tecnología y una que genera valor a partir de ella puede definir buena parte de su futuro económico durante las próximas décadas.
Porque al final, las regiones que prosperan no son necesariamente las que tienen más conexiones, sino aquellas que aprenden a tomar mejores decisiones con ellas.