El consumo como derecho humano
El consumo no debería verse como un acto de despilfarro, sino como la expresión concreta de un derecho humano: el derecho a elegir. Consumir implica decidir cómo asignamos nuestro ingreso, qué valores promovemos y qué tipo de economía sostenemos. Por eso, el consumo informado es una forma de libertad económica.
Un consumidor informado puede comparar, analizar y decidir. Y en esa decisión hay poder: el poder de regular precios con su elección y el de premiar la calidad con su preferencia. En un país donde aún persiste la desinformación financiera, empoderar al consumidor con información es fortalecer la libertad de empresa. La competencia no necesita más controles, sino más conciencia.
El punto de vista empresarial
Para el empresario, el Buen Fin es más que una temporada de ofertas. Es una estrategia para liberar inventarios, activar flujo de efectivo y recuperar liquidez antes de fin de año. Permite colocar mercancías rezagadas o aprovechar compras en volumen, con lo que se dinamiza la cadena de valor.
Sin embargo, detrás del entusiasmo comercial se esconde un costo oculto: los llamados “meses sin intereses”. Aunque suenen atractivos, tienen un precio real que asume el negocio. Los bancos descuentan al empresario entre un 12% y un 17% del valor del producto, dependiendo del plazo, lo que reduce su margen o lo obliga a ajustar el precio final. En esa ecuación, el sistema financiero es quien más gana.
México continúa siendo un paraíso de rentabilidad bancaria en América Latina. Entre comisiones, tasas y morosidad, las instituciones financieras logran beneficios muy superiores al promedio regional. Y cada noviembre, el Buen Fin se convierte en una nueva fuente de utilidades para ellas.
La responsabilidad del consumidor
Desde la otra orilla, el consumidor también tiene su desafío. Las promociones pueden ser trampas si no se cuenta con estabilidad laboral o ingresos asegurados. Comprar a crédito sin certeza de pago no es un beneficio: es una carga diferida.
El verdadero crecimiento de la economía familiar empieza cuando existe capacidad de ahorro, no de endeudamiento. La educación financiera es, por tanto, una forma de protección social.
He insistido en que antes de comprar conviene responder tres preguntas simples:
- ¿Lo quiero o lo necesito?
- ¿Aporta algo real a mi vida o solo satisface mi vanidad?
- ¿Lo hago por utilidad o por apariencia?
Quien responde con honestidad evita confundir el placer momentáneo del gasto con el bienestar duradero del equilibrio económico.
La recomendación más práctica es sencilla: si puede pagar de contado, hágalo. El empresario también gana, porque se evita el costo del financiamiento y puede ofrecer un descuento directo. De ese modo, el beneficio no se queda en el banco, sino en la relación de confianza entre quien produce y quien compra.
El contexto sinaloense
En Sinaloa, el Buen Fin suele tener resultados alentadores. Más allá de los millones de pesos en venta cualquier cifra refleja la capacidad de consumo y compromiso de los sinaloenses. No obstante, aún hay espacio para mejorar su impacto.
Una medida razonable sería adelantar el pago del aguinaldo antes del 15 de noviembre. Esto permitiría a los trabajadores aprovechar las ofertas sin recurrir al crédito, beneficiando tanto al consumidor como a las pequeñas y medianas empresas que dependen del flujo local.
Educación, no prohibición
El consumo responsable también implica defender la libertad individual. Cuando el Estado impone restricciones —por ejemplo, en temas como la ley antitabaco o limitaciones en espacios públicos— debe tener cuidado de no sustituir la educación por la sanción. Si el propósito es proteger la salud y el bienestar, la solución no está en prohibir, sino en educar, informar y promover la cultura del autocuidado.
México necesita más campañas de educación financiera y promoción de la salud, no más multas. Los ciudadanos conscientes son mejores consumidores, y los consumidores informados son el mejor contrapeso del poder económico.
Hacia una cultura del consumo razonado
El Buen Fin nos invita, cada año, a reflexionar sobre el tipo de economía que estamos construyendo. Si queremos una economía sólida y humana, debemos comenzar por fortalecer la base: el ciudadano que decide con información, el empresario que actúa con ética y el Estado que educa en lugar de castigar.
Consumir no es un acto menor. Es una forma de ejercer libertad y de participar en la vida económica del país. Pero esa libertad exige responsabilidad, porque la verdadera inteligencia financiera no consiste en comprar más, sino en elegir mejor.
El Buen Fin, bien entendido, no es el fin del año. Es el inicio de cómo queremos vivir el próximo: con orden, conciencia y confianza.